PEPE VALENCIA | misitio-1

Elodia y Don Chuy

Por Dr. José de Jesús Valencia

Elodia era una mujer con alrededor de 80 años, viuda, de mirada hermosa, nariz aguileña, color de piel un tanto oscura, lo que le daba una apariencia un tanto arabesca. Fue ingresada a mi casa de ancianos con cierto deterioro cognitivo y físico mas en poco tiempo se trasladaba con más y más facilidad por todo el lugar. Siempre su rostro dibujaba una sonrisa.

Un día también ingresó Don Chuy. Bajo de estatura, ojos pequeños, vistiendo siempre una chamarra amarilla deslavada y sombrero: era un triunfo llevarlo a bañar. Su mirada era un tanto pícara sin ser irrespetuosa.

A la hora de los alimentos siempre cada residente conservaba su misma silla para con eso reforzarle su sentido del arraigo, sin embargo en corto tiempo Don Chuy decidió llevar su silla a un lado de la hermosa Elodia: ¡cupido obró de inmediato!, era fantástico el observar dirigirse miradas dulces y que por debajo de la mesa se pasaran el postre o se tomaran de la mano. Obviamente (…) dormían en recámaras separadas.

Una noche decidí ir a la casa de ancianos para darme cuenta si existía alguna irregularidad. Entré silencioso, lo que causó el susto de Chata una hermosa enfermera que hacía el turno de noche. Hablamos unos minutos y enseguida me dirigí a un patio alrededor del cual se hallaban distribuidas las habitaciones de los residentes.

Sólo se escuchaba el canto de los grillos y los ronquidos de algunos residentes; repentinamente de la recámara de Elodia apareció su rostro mirando a un lado y otro de manera discreta buscando no ser descubierta y arrastrando sus pies buscando hacer el menor ruido, se acercó a la ventana de la recámara de quien ya entonces era su amor: Don Chuy. Dio unos golpecitos a su ventana e inmediatamente surgió casi como caricatura la cabeza de él enseguida colocándose una sonrisa en el rostro y su sombrero en la cabeza… salió en piyama al encuentro de su amada Elodia, se tomaron de a mano y se dirigieron calladamente a la sala, en donde permanecieron más de una hora hablando de no sé qué cosas interrumpiendo su conversación son sendos besillos tímidos y cortos.

En mi interior muchos sentimientos surgieron y reafirmé aquello que yo decía acerca de que la afectividad y de la sexualidad acababan hasta el momento de la muerte de la persona y sin interrumpirlos me retiré con la cabeza llena de pensamientos agradables y un plan: les propondría a la familia de ambos que los mudáramos a vivir juntos en una recámara a pesar de que no hubiera una “ceremonia” o algo parecido.

“-¡Esa es una aberración doctor y un pecado mortal! ¡Mi hermana es una mujer viuda y le merece respeto a su difunto marido! ¡Si usted hace algo así de alguna manera lo demandaré y haré saber a la gente de su pecaminosa propuesta!”

Fue la respuesta de la hermana “responsable” de Elodia.

Me asusté. Era mi segundo año de experiencia en este campo, por lo que no hice movimiento alguno y hasta los separé en el comedor.

Hasta el momento presente me arrepiento de ello. Elodia se cayó una noche al ir busca de su amor, se fracturó la cadera, se sometió a una cirugía y poco después murió.

Ahora me pregunto: ¿quién tiene el derecho de establecer a cualquier persona una forma de vivir su amor? ¿Por qué demonios hice caso a mis “principios” morales y pedí “autorización” a la hermana cotorra pseudomoralista de dar una última satisfacción a esa pareja?

Elodia, Chuy, lo lamento, lo siento de verdad, lamento mi falta de criterio al obedecer esas indicaciones estúpidas de la mujer esa y no haberles apoyado a vivir unas semanas o meses de unión y amor: mil disculpas por ello.

Amigo lector: el amor y la sexualidad son inherentes a todos los seres vivos. La sociedad establece de una manera por demás irracional que eso es “solamente para jóvenes” y arbitrariamente priva y se priva de vivir las delicias que estos sentimientos ofrecen.

Tan sólo les pido que si hay algo parecido en sus ancianos no intervengan y permitan que sus sentimientos fluyan y disfruten hasta su último  momento de este regalo divino.

El doctor José de Jesús Valencia Rodríguez es médico geriatra, gerontólogo y tanatólogo, con especialidad en medicina gerontoprofiáctica, con más de 33 años de experiencia en el cuidado del adulto mayor. Es autor de los libros "Los cuidados del anciano" y "No me acuerdo, el verdadero paciente tras la enfermedad de Alzheimer"; además de ser Presidente de la Fundación Sin miedo a la vida. 

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