USOS Y COSTUMBRES

   Por Gonzalo Basurto D.

 

Mis queridos compañeros de juventud acumulada, nuevamente utilizaremos nuestro espejo retrovisor para echar una ojeada a los valores que prevalecían cuando éramos niños y jóvenes, no con el propósito de hacer comparaciones inútiles o moralistas con la realidad actual, sino con la idea de estar conscientes sobre los cambios que a este respecto se han dado y si éstos han sido para mejorar nuestra forma de vida. Los valores a que me refiero son los hábitos, USOS Y COSTUMBRES y formas de actuar de las personas que aunque pueden provenir de creencias religiosas o tradiciones familiares, finalmente se traducen en comportamientos sociales que son los que podemos apreciar y en su momento, también juzgar. Así que haremos breves recordatorios de las formas de ser y hacer en algunos roles y facetas de ese ayer que nos tocó vivir.

Es conveniente aclarar que en esto, como en muchas cosas de la vida, no hay términos absolutos, por tanto no todas las personas se conducían de la misma forma, había, como desde el principio de la historia, disidentes que no acataban la norma y actuaban de modo deferente a lo establecido. Antes de entrar en materia, como un comentario al margen,  debo decir que si algún joven leyera este texto seguro se moriría de risa por las barbaridades en él contenidas, según él pensaría.

Empecemos hablando de los padres. Eran severos, estrictos y mandones, pero amaban a sus hijos. El castigo, el regaño y sobre todo el cinturón arreglaban cualquier mal entendido o rebeldía de los chavales. Las malas palabras eran inaceptables, sólo el gran jefe podía decirlas, él no era sometido a ningún cuestionamiento ni juicio crítico. Los chavos naturalmente que las decían, pero en voz baja y en círculo reducido, hermanos y vecinitos. Ya desde entonces se sabía que el miedo no andaba en burro. Había reglas para todas las etapas del desarrollo en la familia, como ejemplo, para los jovencitos quedaban terminantemente prohibidas las bebidas alcohólicas y el vicio del cigarro. Esta imposición se rompía en espacios y tiempos estratégicamente elegidos por los avispados sujetos de la opresión. Para los jolgorios o pachangas había hora de llegada con su respectiva revisión. (Actividad precursora del alcoholímetro).  Las  mujeres sólo casadas salían de la casa; de otro modo significaba la deshonra familiar y muchas veces eran repudiadas. Los hombres si se comían el refrigerio  antes del descanso escolar, (domingo siete), eran obligados a cumplir como hombrecitos casándose con la víctima del desaguisado. Otra regla básica de aquel tiempo dictaba que no se aceptaban vaquetones en la casa, así que llegado el momento: “Mijo: o estudias o trabajas, tú decides”.

Afortunadamente, para ese tiempo habían terminada ya las costumbres porfirianas, casi todas, de modo que los jóvenes de entonces podían elegir libremente a su pareja, aunque cumpliendo con algunos requisitos, severos o flexibles, según las costumbres de cada familia. El galán candidato tenía que ser conocido por los padres y ser hombre de bien, de provecho, con futuro, responsable y trabajador, casi nada. El noviazgo debía durar cierto tiempo antes de pensar en la boda, (no existía entonces el matrimonio “expres”), mientras tanto había control en los tiempos de las citas, paseos y acompañadas al pan, (manita sudada). Para ir al cine se les mandaba un acompañante vigía, algún hermano menor, que era fácilmente sobornado con un montón de golosinas para que no viera ni oyera nada.

Los padres, el jefe sobre todo, en el momento cuando el hijo debía elegir carrera, tenían voz y voto en la decisión. Así como era orgullo y costumbre que el primer vástago llevara el nombre del progenitor, así también era de esperarse que el hijo se inclinara por el oficio o profesión del padre. Muchos jóvenes, de acuerdo a la obediencia sagrada, pero en total desacuerdo con sus aspiraciones personales, estudiaban la carrera que el padre pedía y después de entregarle el título esperado, iniciaban la carrera o actividad que ellos querían. Otros, en franca rebeldía, despreciaban conocimientos, apoyos técnicos y financieros, taller, consultorio o despacho y bajo su propio riesgo elegían el camino a seguir. No sería justo terminar el punto sin mencionar que la mayoría contaba con el paternal apoyo para encaminarse el estudio o actividad que les daría el éxito en la vida.

Mis queridos amigos, como este asunto tiene todavía mucha fruta que cortar, si están de acuerdo lo seguiremos tratando en ocasión posterior. ¡Sean Felices!

Gonzalo Basurto D.

Contacto: gonzalo.bd41@gmail.com

CONTÁCTANOS

Guadalajara # 9 Col. Roma Norte Del. Cuauhtémoc

Ciudad de México.  

  • Black Facebook Icon
  • Black Twitter Icon