El placer de viajar

   Por Rafael Álvarez Cordero

Hace muchos años, cuando fuimos por primera vez al entonces primitivo puerto de Acapulco, nos acompañó mi abuela, que tendría 65-70 años, viuda, y al llegar al puerto nos instalamos en un discreto hotel a la orilla de la carretera; ella se fue a la orilla del mar y sentada en una silla permaneció varias horas, sonriendo a veces, a veces llorando, viendo las olas que llegaban una y otra vez y las gaviotas que hacían fiesta con graznidos y piruetas, sintiendo la brisa vespertina, los colores cambiantes de la tarde hasta que el sol se ocultó por completo; ella no había conocido el mar y esas horas seguramente fueron inolvidables; creo que ése es un hermoso ejemplo del verdadero placer de viajar.

He pensado en esto ahora que, debido a las vacaciones de verano, París está vacío de parisinos, y lleno de turistas que por miles recorren todos los rincones de la ciudad.

Así se puede ver a parejas con mochila en la espalda buscando en un plano de la ciudad el monumento, el museo o la iglesia que quieren visitar; muchas parejas jóvenes que viajan con sus bebés de uno o dos años, bebés que sabrán que estuvieron en París cuando entren a la escuela primaria, pero nada más; parejas de hombres y mujeres con canas, tomados de la mano, tal vez haciendo ese viaje que soñaron por muchos años y ahora se hace realidad.

Pero, sobre todo, lo que llama más la atención son los grupos, estudiantes, jóvenes atletas, grupos de latinoamericanos, españoles, japoneses y demás que viajan juntos y se identifican por una camiseta, un sombrero o una gorra, y van siguiendo al guía que sin descanso ondea una banderita o una simple sombrilla; allá van apurados para no perderlo de vista, y él, con la desvergüenza y la desbordada imaginación que tienen todos los guías del mundo, les contará historias fantásticas, hazañas increíbles, sucesos insólitos absolutamente falsos para mantenerlos ocupados y contentos; y allá van, en los barquitos que surcan el Sena, en los camiones de turismo a cielo abierto, en los museos, en los jardines, en las calles, y recorren para arriba y para abajo esta ciudad.

Pero quiero reflexionar en algo que todos, jóvenes y viejos, niños y ancianos, adinerados o no, tienen en común: ellos dejaron de ser turistas y viajeros, son ahora fotógrafos, cineastas, reporteros, porque todos tienen una cámara, tan sencilla como un teléfono alquilado o tan sofisticada como un equipo con múltiples lentes, tripié y todo lo demás. ¿Y qué hacen los turistas/fotógrafos?, pues toman fotos, decenas de fotos, cientos de fotos, miles de fotos como corresponsales de guerra; algunos hacen más: filman segundos o minutos de algo que les gusta, y eso es lamentable, porque ya no viajan para conocer y disfrutar un lugar nuevo, sino para registrar como autómatas con sus cámaras lo que les llama la atención.

 

¿Y qué tiene de mala esa obsesión por tomar cientos de fotos? En principio no hay nada malo porque siempre será valioso y agradable tener un recuerdo impreso de ese viaje, aunque ninguna imagen, por perfecta que sea, puede dar la visión completa de lo que se experimenta al visitar un museo, un castillo o un templo, y ése es el punto que quiero señalar, porque si sólo nos dedicamos a captar imágenes en nuestras cámaras corremos el peligro de perder el placer de viajar y de vivir plenamente los lugares que visitamos.

Una foto de la Victoria de Samotracia no nos dice nada de la sensación de inmensidad, señorío y elegancia que tiene su túnica; una foto de Picasso no es comparable a lo que sentimos al imaginar lo que pasó por su mente cuando estaba pergeñando esas mágicas telas; una foto de Notre Dame no nos dice nada de la impresión experimentada cuando el sol del atardecer baña sus muros y por momentos los transforma en algo etéreo; una foto de los helechos y flores de Giverny no puede transmitir el ambiente, la paz, los aromas y el murmullo de las ramas de sus árboles.

Creo que es bueno el que haya cada vez mejores registros en fotografía, pero no hay que olvidar que viajar significa iniciar una aventura, que ha de ser integral, total, de modo que al llegar disfrutemos cada momento con todos los sentidos, no sólo con la vista, y vivamos los sonidos, los aromas, los olores, los colores, y que esas experiencias, ya sea en uno de los muchos pueblitos maravillosos que hay en México o en una ciudad como París o Londres, nos proporcionen el verdadero placer de viajar; mi abuela nunca tomó una foto, pero el placer que tuvo frente al mar fue seguramente una experiencia maravillosa e inolvidable.

Y no digo nada de quienes, en lugar de visitar y disfrutar el lugar, se dedican a tomar selfies con los que luego inundan las redes sociales; ególatras infantiles, no saben viajar, no merecen viajar, porque no conocen ni conocerán el placer de hacerlo.

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El Dr. Rafael Álvarez Cordero nació en la Ciudad de México el 7 de septiembre de 1938.​ Cursó la Licenciatura en Medicina, y obtuvo el título de Médico Cirujano de la UNAM el 31 de octubre de 1961. Realizó estudios de post-grado con especialización en Cirugía general, Cirugía Digestiva e Investigación Quirúrgica en México, Estudios Unidos y Francia, de 1962 a 1967. Cursó el Doctorado en Ciencias y obtuvo el título de Doctor en Ciencias Médicas de la UNAM el 16 de julio de 1976.

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