Nuestra musica | CUEM CDMX

Nuestra musica

   Por Gonzalo Basurto D.

Hola mis buenos amigos. En mi constante empeño por recordar las buenas cosas de nuestra juventud, hoy los invito a regresar las páginas de nuestro colorido almanaque para evocar las notas de la música que nos tocó escuchar en aquellos años mozos.

La música ranchera, con sus magníficos cantantes y excelentes mariachis, seguía sonando muy fuerte para nuestro deleite que, como buenos mexicanos,  la traemos en la sangre y es parte nuestra; pero en esta ocasión quiero referirme a la música romántica, la de los hermosos boleros, casi siempre cursis, que armonizaron nuestra juventud y mucho nos ayudaron para vencer el miedo de acercarnos a la belleza que nos quitaba el sueño.

Agustín Lara era el amo de la época. Sus canciones, en la voz de los mejores intérpretes, se paseaban vanidosas por la radio, la incipiente televisión y por las pantallas cinematográficas. ¿Quién no se echó un suspiro amoroso y pujador con Mujer, Farolito, Palabras de mujer, Solamente una vez y mil canciones más del “Flaco de Oro”? Después de Pedro Vargas y Toña la Negra, todos los cantantes querían interpretar al esquelético genio musical.

Protagonistas musicales de la época también lo fueron los tríos que, con mínima instrumentación (guitarras, maracas y güiro), y con voces perfectamente coordinadas, interpretaron magistralmente los boleros del momento. Las serenatas, fiestas y cumpleaños se engalanaban cuando un trío aparecía en la escena.

Los Panchos, los Diamantes, los Tecolines, los Caballeros, los Dandys y mil tríos más fueron nuestros compañeros de buenos y malos momentos, de triunfos y fracasos amorosos y también nos ayudaron a ver la vida con más entusiasmo. ¡Salud por ellos!

Y en el terreno del bailazo, de raspar la suela, de mover el bote, también tenemos nuestra historia musical.

Prevalecía el danzón, ese baile sabroso, cadencioso, platicado y coqueto que permitía estar cerca de la pareja, disfrutar su perfume y rodear sabrosamente su cintura al compás de Nereida, Blanca Estela, Almendra, Juárez y muchos otros que, se decía, se bailaban sobre un ladrillo; yo digo que se bailaban sobre las nubes.

También sonaba el Cha cha chá, más movido y con la pareja suelta. Después de brincotear con Los marcianos llegaron ya y A esconderse que ahí viene la basura, se antojaba una chela bien fría.

Y he aquí que, echando grito y codazo, ritmo y escándalo, llegó el famoso Mambo del brazo de su creador, Dámaso Pérez Prado. Llegó para quedarse a pesar de las duras críticas de la sociedad conservadora. Todo México se movió al agitado ritmo del sabroso mambo. Tal vez Resortes, el cómico del cine, fue el bailarín más representativo de este meneo. Sólo al recordar el Qué rico mambo, El mambo #5 y El ruletero, solitos se mueven nuestros hombros.

En esas andábamos cuando de los “Yunaites” emigró, nunca hemos puesto muro, el Rock and Roll. Nuevo ritmo que conquistó a toda la juventud del país y que además se convirtió en una nueva forma de vida: chamarra de cuero, pantalón vaquero, copetes, tobilleras, nuevas faldas y sobre todo: juventud rebelde. Algunos agarraron la onda completa, otros sólo en parte, pero todos la brincamos y nos quedó la satisfacción de una experiencia más y un poco más de aprendizaje.

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