DE COMO LA VÍCTIMA PUEDE PARECER CULPABL | CUEM CDMX

                                     

DE COMO LA VÍCTIMA PUEDE PARECER CULPABLE

Por Javier Robles

 

Hubo un tiempo, por suerte ya casi olvidado, en el que si una mujer era agredida físicamente por su marido la mayoría pensaba y algunos le decían: algo habrás hecho. Este razonamiento no era solamente de los hombres sino de otras mujeres, víctimas también. De esta manera el agresor se justificaba porque tenía motivo y la víctima pasaba a ser culpable y sin saber cómo empezó o por qué, así se llegaba a sentir.

Hablando de la vejez uno de los prejuicios más extendidos es el que ser viejos es sinónimo d  inútiles. Y ya de tanto usarlo y tanto darle vueltas a veces  es difícil saber cómo empezó. Hay una edad en que se determina para todos que la persona ya no es apta para seguir trabajando. La experiencia no cuenta, la situación y capacidad personal tampoco. Así que, el que llega a esa edad, queda declarado inútil  socialmente  y además tampoco tiene, como sociedad,  alternativa alguna. Por tanto se convierte a la persona mayor en  inútil para la sociedad, aún en contra de su voluntad, para luego echarle a la cara el adjetivo “descalificativo”. Pero no es el culpable, es la víctima

Una de las ventajas de hacerse viejo es que hay lugares por los que uno ya ha pasado y cosas que ya se han visto. Y uno ha sido testigo de un mundo de otra manera y de cómo se han superado prejuicios que parecían razones válidas.  Así  que  planteamientos que parecen razones son similares a los que, como viejos, ya hemos  visto superados.

Y sé que hay “razones” para explicar por qué los adultos mayores deben de dejar de trabajar. Claro, hay que dejar el lugar para los jóvenes.  Y parece razonable, pero ¿lo es? Cuando se empezó a plantear el derecho al trabajo de las mujeres en el siglo pasado  (igual en las fábricas que como profesionales de la medicina por ejemplo) uno de los cuestionamientos desde el punto de vista masculino era que si las mujeres trabajaban algunos hombres se quedarían sin poder hacerlo.  ¿Hoy alguien podría defender que las mujeres deben de trabajar sólo en los trabajos que los hombres no quieran o en los que sobren?

Hay trabajos que un viejo no podrá hacer ya. Pero el que no pueda hacer algunos no quiere decir que no pueda hacer ninguno. ¿Cuáles son los trabajos que no puede hacer una mujer?

Los imperativos de los nuevos modelos de vida han hecho que se reivindique el papel de los viejos como abuelos que cuidan y se ocupan de sus nietos. Una ocupación reconocida como una ayuda individual a los hijos y social. ¿Deben de protestar asistentes sociales, cuidadores de niños, empleadas de hogar…porque les han quitado puestos de trabajo?

Yo, nosotros los viejos, conocí un mundo en que las mujeres eran claramente inferiores a los hombres porque la evidencia demostraba que no había “médicas ni arquitectas ni políticas…” y no las había porque no se podían educar para ello.  Y no se educaban porque  eran más tontas (si se me permite la expresión  de entonces) y  no serviría de nada. Así que bastaba con educarlas para cocinar, limpiar criar hijos y servir al marido .Eran las víctimas pero parecían  las culpables.

Un mundo en el que hombres y mujeres “convivían “separados, unas en casa y otros en el trabajo; en el que había lugares de ocio y convivencia sólo para hombres;  conversaciones en  grupos separados y hasta en las Iglesias mujeres y hombres ocupaban lugares distintos. En el que una mujer se consideraba “quedada” si no se había casado a los 22 años porque ya estaba lista para todo lo que podía esperar de la vida.

En que lo tipificado para hombres les estaba vedado: fumar o tomar una copa o vestir pantalones o manejar un automóvil. Y aquella que se lo saltaba estaba descalificada de muchas y feas maneras. En una comparación continua y desfavorable siempre con el hombre.

Pero aunque era más notoria en las mujeres, la culpabilización y la marginación social llegaba a muchos otros grupos prejuiciados por no ser “normales”.  Y quien nacía con síndrome de Down, por ejemplo, estaba condenado a una vida fuera de la vista de la sociedad sin alternativa alguna y totalmente excluido. O quien tenía preferencias sexuales diferentes. Es más, los que fuimos jóvenes en esa época de cambio estábamos seriamente descalificados por vestir distinto que nuestros padres o por el pelo más largo o por el tipo de música, o por ir a “antros”…Cualquier cosa, cualquier comportamiento que significara una ruptura con lo que siempre había sido. Porque no siempre existió una cultura o una moda para la juventud.

Y todo esto, y mucho más, hoy parece increíble excepto para aquellos que lo vivimos. Y no era una cuestión de que los marginados de alguna manera fueran más conformistas, menos inteligentes, menos indignados, más cobardes o con menos dignidad.

Cada cultura y en cada momento histórico se mueve con su propia idea de cómo debe de ser el comportamiento social y la historia de las personas y sus deberes y derechos y sus expectativas de vida.  Y determina qué se debe o qué no hacer a cualquier edad o según su género o su color o su procedencia. Ajustándose a las creencias a los prejuicios, a lo que siempre fue, a las expectativas sociales para cada uno, a la economía, a la resistencia a los cambios… Así, no es lo mismo ser mujer en México que en un país árabe. Ni se es adulto, hombre o mujer, a la misma edad en una tribu africana que en un país occidental.

Así que los viejos no somos lo que somos, ni lo que podemos ser, ni lo que queremos ser sino lo que socialmente se nos deja ser. Y aunque en teoría somos viejos más tarde que nuestros abuelos y con una mejor condición física y mental, con una mejor educación , básicamente nuestra posición social sigue siendo la de nuestros abuelos. Y parecida opción laboral, sexual, participativa, de relación intergeneracional, de visibilidad.  Y los mismos prejuicios de exclusión, de aislamiento, de comparación negativa con el “modelo”  (antes los hombres, ahora la juventud)  que nosotros los viejos oímos y vivimos de otros grupos, ahora se nos aplican a nosotros.  Porque aunque la noción de vejez ha mejorado, los prejuicios y los lugares comunes siguen vigentes. Y en consecuencia las posibilidades y las expectativas de vida que se deciden para nosotros.

Y aunque somos las víctimas se nos hace ver y sentirnos culpables por seguir con vida.

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